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Neuroarquitectura ¿El futuro de la construcción?

Por Francisco Mora –
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Hace ahora unos catorce años, en la primavera del 2003, se creó en la ciudad de San Diego, Estados Unidos, la Academia de Neurociencia para la Arquitectura. Ahí nació lo que ahora conocemos como Neuroarquitectura.

Un proyecto puesto en marcha por un grupo de arquitectos y neurocientíficos, que se concibió con la idea de aproximar respuestas a preguntas como éstas: ¿Por qué nos sentimos bien en una iglesia hermosa o en los claustros de un espacioso monasterio? ¿Por qué obtienen mejores resultados los alumnos que aprenden en clases con enormes ventanales y mucha luz? ¿Por qué se recuperan mejor y más deprisa los enfermos en algunos modernos hospitales prototipo, en el que todo son espacios naturales y verdes? ¿Por qué ciertos ambientes de ciudades o casas generan descontento y agresión?

Parece evidente que todo esto tiene que ver con el funcionamiento del cerebro. ¿Pero acaso esto no tiene también que ver con las arquitecturas que hemos creado y estamos creando en nuestro entorno?

La nueva disciplina creó, desde su inicio, una enorme expectación e interés. Tanto que tras su creación se han sucedido ya varias reuniones conjuntas de arquitectos y científicos del cerebro de todo el mundo. Es claro que lo que se quiere inicialmente es producir una cierta “tormenta cerebral” entre arquitectos y neurocientíficos que pueda alumbrar nuevas ideas y con ellas tal vez cambiar los moldes de una concepción clásica de la arquitectura. Y esto, claro es, persiguiendo un fin, aquél de lograr una mayor satisfacción del ser humano.

La neurociencia aporta, de un modo cada vez más acelerado, conocimientos acerca de cómo funciona nuestro cerebro. Y de cómo ese funcionamiento está íntimamente ligado al mundo que nos rodea. Mundo que nos rodea que va más allá de los otros seres humanos y se extiende al resto de la naturaleza y a todo aquello creado por el propio hombre. Esa ligazón íntima del funcionamiento del cerebro no refiere a que éste sea una máquina fija, que no cambia, pero que va interpretando el mundo externo que, por el contrario, sí cambia. No. Esa ligazón íntima refiere a que el cerebro es en realidad un proceso en constante cambio y en relación con los cambios de su medio. Y a su vez cada nuevo cambio de ese medio cambia el funcionamiento de nuestro cerebro y sus concepciones.

Todas estas consideraciones han llevado a arquitectos y neurocientíficos a reevaluar las concepciones clásicas de la arquitectura. Es claro que la arquitectura, como el arte, o la economía, o la ética o la ciencia, o las propias concepciones últimas de nuestra propia naturaleza, están concebidas a través del funcionamiento de nuestro cerebro. Y es con ello que una nueva concepción de la arquitectura más allá de los conceptos de funcionalidad o estética se está abriendo paso en nuestro mundo.

De momento, y del encuentro entre arquitectos y científicos del cerebro, están naciendo nuevas interrogantes. ¿En qué medida los edificios que se han construido y se están construyendo en nuestros espacios y ciudades, en donde nacen y se educan nuestros hijos, se trabaja, se aprende y se enseña, se reza, se cuida a los enfermos, se duerme, se come y se hace el amor, se envejece y se muere, modela nuestro modo de ser y pensar? ¿Hemos estado equivocados hasta ahora y posiblemente edificado nuestro entorno ajenos a los códigos más primitivos de nuestro cerebro construidos durante millones de años?

¿Puede que nuestra arquitectura “civilizada” sea un precipitado y casi inconsciente producto estético-económico de nuestro desconocimiento de lo que en raíz es el ser humano? ¿Estarán nuestras ciudades y conglomerados de cemento construidas como zoos y con ello violando los códigos cerebrales que elaboran nuestras satisfacciones de vida potenciando con ello la agresión, la insatisfacción, las depresiones y las enfermedades mentales? ¿Acaso comparado a nuestra cortísima experiencia civilizada, el hombre no ha vivido millones de años en espacios abiertos e inmensos, sin horizontes, que es cuando, verdaderamente, se han construido en su cerebro los circuitos más primitivos de recompensa y placer e insatisfacción y castigo? ¿Nos llevará todo esto a una reevaluación de nuestras concepciones actuales de cómo vivimos?

La Neuroarquitectura mira al futuro e intuye incertidumbres. ¿Vivirá el hombre futuro en espacios verdes, limpios y largos sin ciudades y casas sin paredes? ¿Serán nuestros espacios de convivencia inmensas carpas abiertas y hermosas, alargadas en puntas, como las de Calatrava, oteando sólo el mundo exterior a nuestra tierra? ¿En qué medida ese posible y nuevo macro-ambiente afectará a nuestro crecer y envejecer, a nuestros sentimientos y pensamientos? Al menos todas estas reflexiones han llevado a muchos arquitectos a un renovado interés en su trabajo y a considerar en positivo todos estos nuevos niveles de exploración de la mente humana.

Y podemos aplicarla con previsible éxito en las construcciones para adultos mayores. Ya se están haciendo pruebas muy interesantes en clínicas para enfermos de Alzheimer. Y hay mucho interés en su capacidad para inducir pensamientos positivos y asociativos en ancianos solitarios y deprimidos.

Veremos… Comienza un nuevo año, y podemos ser optimistas.

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